sábado, 9 de marzo de 2024

Audiencia con la comisión de Paz y entendimiento



El jueves 7 de marzo del 2024, la Comisión de Paz y entendimiento recibió en audiencia al Director del Programa de Pueblos originarios y Diálogo nacional de la Fundación Chile 21 y ex director nacional de CONADI y embajador de Chile en Guatemala (2014-208), Domingo Namuncura para realizar una presentación en relación relacionada con la problemática Estado-Pueblos indígenas. Este es el texto íntegro de la exposición realizada.

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Desatar los nudos esenciales del 

conflicto entre Estado y Pueblo Mapuche.

Estimados y estimadas integrantes de la Comisión de Paz y entendimiento.

Muchas gracias por la invitación a exponer en esta reunión solicitada en representación del Programa de Pueblos originarios y diálogo nacional de la Fundación Chile 21.

En estos 34 años democráticos se han constituido diversas comisiones presidenciales para abordar el tema indígena. El vínculo de este tema con el movimiento democrático antidictadura emergió a fines de 1979 cuando el gobierno militar promulgó el Decreto Ley 2.568 mediante el cual se aceleró el proceso de despojo territorial de las comunidades ancestrales mapuches del sur, principalmente. Todo lo concerniente a esta historia está registrada el magnífico estudio del historiador Martín Correa en su libro “Historia del despojo”. Dicho decreto implicó un golpe profundo a la cultura, las relaciones sociales y patrimoniales del Pueblo Mapuche y de otras primeras naciones, golpe del cual ha sido muy difícil recuperarse del todo.

Entre 1983 y 1988 luego de iniciadas las protestas nacionales, parte importante de la dirigencia indígena consolidó importantes lazos con la oposición y principalmente con el movimiento nacional de Derechos Humanos y con las pastorales sociales de la Iglesia Católica liderada entonces por el Cardenal Silva Henríquez. El epicentro de muchos encuentros y jornadas fue la casa de Ejercicios de la Iglesia en Temuco, siendo Obispo el recordado y querido monseñor Sergio Contreras.

En las reuniones que ahí se sostuvieron, y con al advenimiento del triunfo del NO la dirigencia indígena exploró con buenos resultados la posibilidad de negociar con la oposición un acuerdo político, en base a la tradición de los antiguos parlamentos. La oposición accedió a aquello y el resultado fue la firma de un pacto histórico entre el Pueblo Mapuche y otros pueblos con el candidato presidencial Patricio Aylwin, en 1989 a meses de la elección que permitió restablecer el sistema democrático.  Dicho acuerdo se tradujo en el histórico Pacto de Nueva Imperial en donde se consideró la inmediata caducidad del decreto 2.568 y su reemplazo por una nueva Ley Indígena y diversos otros compromisos.

Este pacto implicó un buen momento en las relaciones entre el movimiento indígena, la concertación política de entonces y el naciente primer gobierno democrático liderado por el presidente Aylwin.  Al respecto hay que destacar que el presidente cumplió cabalmente y con mucha eficacia lo comprometido en dicho acuerdo. De entrada, constituyó la Comisión especial de Pueblos Indígenas (CEPI), y promovió un amplio diálogo para dar vida a la nueva Ley indígena, 19.253. Se realizaron 2.800 asambleas indígenas con unos 3.000 delegados reunidos en congresos regionales, los que a su vez eligieron 250 representantes ante el Primer congreso nacional indígena en donde se acordó el borrador de las bases jurídicas de la nueva Ley y de otras demandas.

En 1991 el presidente ingresó a trámite un proyecto de reforma constitucional para incluir un mandato de protección constitucional de los derechos políticos y territoriales de los pueblos. En junio de 1992 el parlamento lo aprobó en general pero no se avanzó suficiente. El trámite se retomó en 1999, el que fue rechazado en el 2000 por un tema de quorum.  En 1991 el presidente había ingresado también al congreso un proyecto de acuerdo para ratificar el Convenio 169, pero no fue acogido al no contar con las mayorías suficientes. Este convenio sólo lograría ser ratificado 18 años después, en marzo del 2008 en el primer gobierno de la presidenta Bachelet.

Durante el gobierno del presidente Frei Ruiz-Tagle surgieron las primeras señales de conflicto entre demandas indígenas, gobierno y Estado. Al presidente le correspondió poner en marcha la nueva institucionalidad indígena y velar por las asignaciones presupuestarias destinadas a la restitución de tierras. Esta sigue siendo la demanda principal de los pueblos originarios. La confianza entre el movimiento indígena y el presidente y su gobierno se fractura con motivo de la construcción de la represa Ralco en el Alto Bío Bio, y la primera señal de violencia étnica se produjo en Lumaco, en diciembre de 1997 con el incendio de dos camiones de empresas forestales. Esto comienza a marcar un antes y un después en las relaciones indígenas con el Estado y sus gobiernos.

Para amortiguar los efectos del conflicto, dado que la construcción de Ralco significó la erradicación de 100 familias pehuenches a otros lugares como un exilio interno y considerando que la situación producida estaba incrementando las señales de violencia, el presidente Frei convocó a un plan de Diálogos comunales con el objeto de contar con una “mejor comprensión y sistematización de la demanda indígena”. Los esfuerzos para estos diálogos se concentraron en La Araucanía y en algunas zonas del Bío Bio y de Los Lagos. Participaron 658 comunidades y unas 3.500 personas. Basado en los resultados de estos diálogos el presidente presentó el Programa por el respeto ciudadano” con 5 ejes a partir de una inversión de 140 mil millones de pesos considerando infraestructura y servicios, desarrollo productivo, cultura e identidad, salud y vivienda. La coordinación interministerial de este proceso fue encomendada al ministerio de planificación y una comisión asesora en tierras indígenas. Estas decisiones tuvieron un fuerte impacto en Conadi, quien se vio desprovista de competencias importantes y esto afectó -y afecta hasta hoy- su legitimidad ante los Pueblos Indígenas.

En paralelo con los Diálogos comunales, el presidente creó la Comisión asesora del presidente de la República sobre PPII (CAPI) para abordar el desarrollo indígena y proponer políticas públicas para “elevar la calidad de vida de las personas pertenecientes a las etnias nacionales”. La CAPI estuvo integrada por personeros del mundo indígena, empresarial y político. Entre los estudios de esta comisión figuró el tema de tierras y desarrollo territorial, el tema de las Áreas de desarrollo indígena y áreas silvestres protegidas, aumento de recursos para el Fondo de Tierras y aguas y se mantuvo la idea de un reconocimiento constitucional. También se planteó la necesidad de levantar un catastro de proyectos de emprendimientos y capacitación y la revisión estructural de la CONADI. Otro aporte importante es cuando el presidente Frei en junio del 2008 firma un Decreto presidencial declarando esta fecha como Día nacional de los Pueblos Indígenas.

El candidato presidencial Ricardo Lagos entre 1998 y 1999 como ministro de Obras Públicas ya había observado con preocupación que las relaciones con los indígenas estaban en un escenario muy complejo. Resolvió entonces que este tema sería central en su campaña presidencial y constituyó un equipo nacional programático indígena, que se abocó a una amplia evaluación de lo ocurrido desde el Pacto de Nueva Imperial de 1989 e identificar las falencias.  Luego, al asumir como presidente de Chile, Lagos constituyó de inmediato un Grupo de trabajo sobre PPII y convocó a diversos exponentes: indígenas, políticos, académicos, personeros de Iglesia y actores vinculados al mundo agrícola y forestal. A este grupo de trabajo el presidente les solicitó elaborar una propuesta que considerase: educación y cultura, gestión territorial, fomento productivo, legislación e institucionalidad y la situación de indígenas urbanos. Y todo esto en los primeros meses de su gobierno. En junio del 2000 el grupo presentó 16 recomendaciones y el presidente, en particular, recogió con mucha energía una iniciativa históricamente relevante que fue la de convocar a la creación de una Comisión de Verdad histórica y nuevo trato con los Pueblos Indígenas.

En enero del 2001 promulgó el decreto presidencial de su creación con una composición muy amplia, plural y representativa integrada por 25 expertos nacionales, presidida por el expresidente Aylwin y con el apoyo de una secretaría ejecutiva.  Por primera vez en democracia un presidente de la República consideraba que era absolutamente necesario “establecer un conocimiento fidedigno de la visión de nuestros pueblos indígenas sobre los hechos históricos de nuestro país y efectuar recomendaciones para una nueva política de Estado y avanzar hacia el nuevo trato de la sociedad chilena y reencuentro con los pueblos originarios”.

Este mandato presidencial marcó de inmediato un antes y un después respecto de las comisiones presidenciales de diálogos y otros procesos. Los integrantes realizaron una labor histórica pues tuvieron la valentía de superar la mirada conservadora de nuestra historiografía nacional que siempre ha tratado a los indígenas como sujetos ajenos al desarrollo, desprovistos de historia e identidad, limitados culturalmente y dueños de tierras o aguas que no saben producir.  Consumado el amplio diagnóstico histórico que devela una verdad que ha sido invisibilizada, la Comisión de Verdad y Nuevo trato estableció entonces un amplio marco de recomendaciones como el de principios para un Nuevo trato, reconocimiento constitucional, derechos colectivos, una nueva institucionalidad, consideración de los pueblos extintos y en riesgo de extinción, un nuevo estatuto para Isla de Pascua (hoy Rapa-Nui), restitución de tierras, consolidación de instrumentos internacionales (al momento de estas recomendaciones aún estaba pendiente la ratificación del Convenio 169) y  reconocimiento de la diversidad cultural.

Otra idea de gran impacto fue la creación de una Corporación de Reparaciones, establecida por Ley para determinar las tierras que deben ser restituidas, considerándose incluso la facultad de expropiación. También se propuso la creación de un Instituto de investigación y promoción cultural de los Pueblos Indígenas, con sedes regionales y la creación de un Fondo general indígena para integrar ahí a todos los financiamientos públicos destinados a los pueblos originarios. De igual forma, la comisión señaló la importancia de hacerse cargo de la situación de los indígenas urbanos. En suma: la comisión abordó cerca de 120 recomendaciones, de las cuales menos de un cuarto han sido cumplidas por el Estado hasta esta fecha.

La presidenta Bachelet en su primer gobierno abordó el tema de la ausencia de una institución rectora del tema indígena y creó el Comisionado presidencial para asuntos indígenas y un Consejo de ministros para asuntos indígenas. En septiembre del 2007 suscribió oficialmente la Declaración universal de los derechos indígenas en Naciones Unidas, y en marzo del 2008 -finalmente- logró que el congreso ratificase el Convenio 169. En abril del 2008 la presidenta presentó ante el país su Programa Reconocer: pacto social por la multiculturalidad

De igual forma en su segundo gobierno, la presidenta brindó un especial impulso al proceso de compras de tierras con 56.000 hectáreas, convocó a una nueva comisión, la Comisión asesora presidencial de la Araucanía y constituyó la Comisión técnica de niñez y Pueblos Indígenas. Lo más importante es que también convocó a una comisión de personalidades representativas para estudiar los efectos de la aplicación de la ley antiterrorista y denuncias de abusos policiales en comunidades mapuche.

La política indígena en los gobiernos de la presidenta Bachelet apuntó fundamentalmente a la idea de crear un Instituto de la cultura indígena; establecer centros ceremoniales (en Santiago hay varios); conmemorar el Wetripantu en los colegios públicos; incorporar la enseñanza de la lengua indígena en la educación  básica; institucionalizar Oficinas de asuntos indígenas  municipales (hoy existen cerca de 100);  financiar la incorporación de contenidos multiculturales en las universidades;  implementar mercados regionales indígenas; crear cementerios indígenas en localidades pertinentes.

En el primer gobierno del presidente Piñera (2010-2014) se impulsó una Mesa de diálogo en torno al Plan Araucanía. El presidente dio continuidad al consejo de ministros para asuntos indígenas y la figura de un comisionado presidencial indígena fue reemplazada por un Asesor especial para asuntos indígenas en la Segpres. Y uno de los procesos interesantes de participación ocurrió con motivo de un reglamento para la consulta indígena establecida por el Convenio 169. En su segundo gobierno se instaló un Programa de desarrollo territorial indígena con una inversión de M$ 20 mil millones de pesos para introducir capital de trabajo y tecnologías en las comunidades indígenas. También se organizó un Plan de rescate de lenguas originarias y se incrementaron encuentros de diálogo con representantes indígenas y de otros sectores.

En los primeros dos años de gobierno del presidente Gabriel Boric, lo esencial ha sido la creación de la Comisión de Paz y entendimiento, entidad que de acuerdo al Decreto Supremo 14 del 2023 plantea el propósito de “asesorar al Presidente de la República para construir y consolidar una solución de largo plazo al conflicto territorial en las regiones del Biobío, La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos, levantando información y propiciando un proceso de diálogo entre los principales actores de las regiones del Biobío, La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos” considerando entre otros factores “la creación de una vía institucional y legítima para abordar el conflicto de tierras y establecer una nueva relación entre el Estado de Chile y el pueblo Mapuche”.  Lo del proceso de diálogo habría que entenderlo en el marco de los actuales conflictos acumulados por demandas no resueltas de restitución de tierras, nudo central de aquello.

No obstante, el diseño de una vía institucional para abordar el conflicto ya había sido considerada ampliamente en el Informe de la comisión de Verdad y Nuevo trato del 2004 y en el informe de la comisión presidencial para la Araucanía, del año 2017.

La creación de esta comisión fue anunciada por el presidente en el mes de noviembre del 2022 y se encomendó su instalación en marzo del 2023. Por diversas razones esto sólo ocurrió meses después en junio de ese año, en la conmemoración del Día nacional de los Pueblos Indígenas el 21 de junio, fecha que fue formalmente instaurada por Ley en el segundo gobierno del presidente Piñera.

2.- Estado de situación y perspectiva estratégica.

El desafío más importante para el gobierno actual es el tiempo. El que corre aceleradamente.  Han transcurrido dos años de su gestión. La diferencia con los gobiernos de los presidentes Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet y Piñera es que entidades como ésta y otras, fueron asumidas en forma relativamente rápida en no más allá de los primeros doce meses de trabajo e incluso menos.  Esto es así como resultado del hecho político de que en los comandos programáticos de campaña de cada presidente se previó con mucho tiempo esta línea de trabajo.  Al constituirse esta comisión, en junio del 2023, y teniendo como plazo la tarea de entregar su informe final en enero del 2025 surge como complejidad el hecho de poner entre paréntesis la relación del gobierno y del Estado con los Pueblos Indígenas, lo que incide naturalmente en la magnitud de las demandas centrales no resueltas y desarrollando en paralelo otras formas de política pública indígena con sello social, ya tradicionales.

Con toda la experiencia acumulada ya podemos decir que esta complejidad no se resuelve hoy básicamente con “políticas públicas” como las que se señalan en el Plan del Buen Vivir destinando más recursos financieros a programas sociales, culturales, de obras públicas, salud y otras áreas en tanto se mantiene en un ritmo normal o en ralentí la respuesta a la demanda del nudo principal de los conflictos, esto es, la restitución de tierras indígenas.   Este tema fue abordado por la Conadi, Mideplán y ahora Desarrollo Social y Hacienda a lo largo de todos estos años para desentrañar la dimensión de esa demanda, la que de pronto parece no concluir nunca.  Pero esto ocurre, precisamente, porque a pesar de diversos informes técnicos previos los gobiernos no implementaron caminos políticos para abordar sus resultados.

Las políticas públicas de servicio, apoyo, asistencia social y otros beneficios son una tarea que corre en paralelo al objetivo principal y si el mayor interés se concentra en comparar cuánto más estamos invirtiendo hoy en relación con los gobiernos anteriores esto no es el mejor ejercicio político-institucional, además, por una razón muy sencilla: es evidente que los gobiernos tienen el deber de invertir en políticas públicas con pertinencia indígena. Y no pueden invertir menos que en los gobiernos anteriores. Hacer lo contrario sería un contrasentido. Por tanto, el que hoy haya más recursos para obras sociales, culturales y proyectos de apoyo instrumental, cooperativo y/o de emprendimiento para los pueblos indígenas, en realidad es un deber del Estado, pero esto no resuelve el nudo fundamental del conflicto principal.

Algo semejante ocurre con la política de diálogos con los Pueblos Indígenas. Es notable constatar que todos los gobiernos que asumen convocan a diálogos nacionales, regionales o comunales con los indígenas. Se señala que es para escucharlos y tomar nota de sus demandas. Pero los dirigentes indígenas -con fundadas razones- dicen que en todos estos años lo que más ha se realizado son “diálogos” y que los temas centrales siguen pendientes.

Los principales ejercicios de diálogo con un carácter más estratégico se realizaron entre 1983 y hasta el año 2000, procesos en donde los dirigentes indígenas se sintieron efectivamente empoderados en sus roles como autoridad ancestral y sintieron que podían incidir en los temas estratégicos.  El proceso cambio luego de la crisis de Ralco pues al fracturarse la confianza política con el gobierno, se afectó también el valor de los diálogos, por cuanto los resultados de aquello han sido relativos en el tiempo.

Desde hace algunos años, diversos expertos en asuntos indígenas hemos venido señalando la necesidad y urgencia de concentrar los esfuerzos gubernamentales en atacar el nudo principal del conflicto del Estado con los Pueblos Indígenas. Esto es el reconocimiento constitucional de sus derechos y por, ende la aplicabilidad efectiva del Convenio 169 respecto de la restitución de tierras. Y al respecto contamos con una gran variedad de informes técnicos provistos en estos años por centros académicos, fundaciones, organismos internacionales (como el PNUD) y organismos no gubernamentales que han logrado ir acotando la demanda de restitución de tierras.  Por lo mismo, y ante un escenario posible para resolver este nudo, lo urgente -por la variable de tiempo corto- es concentrar las energías en destrabar ese nudo. Por cierto, uno de los actores de este proceso son los pueblos indígenas y principalmente las comunidades en conflicto, con quienes hay que centrar las conversaciones.

Un segundo actor principal en las raíces del conflicto son las empresas forestales y similares que están en el centro del nudo del problema, como también otro tipo de empresas cuyos proyectos afectan tierras indígenas y/o producen impactos ambientales incluso irreversibles como en el caso de la central Ralco.  La reciente situación producida en Aysén con el rechazo de la demanda indígena de borde costero conforme a derechos establecidos en la Ley Lafquenche, indica que no estamos entendiendo de manera suficiente la importancia de estos nudos conflictivos y que su resolución es fundamental para construir una política de Estado, de “Paz y entendimiento”. ¿Entre quienes? Entre los actores principales del conflicto, y estos son tres: las forestales, las comunidades demandantes y el gobierno. El diálogo con ellos y entre ellos es la instancia que debe producir y garantizar el cumplimiento de los acuerdos internacionales suscritos por Chile en materia de derechos indígenas, sus propias leyes nacionales -indígena y Lafquenche- y el Convenio 169 de la OIT.

Las empresas forestales saben que tienen una parte muy importante de responsabilidad en las tensiones territoriales, tanto sea por políticas anteriores de empoderamiento legal y otros no tanto y no justo de tierras, por prácticas de mala vecindad con las comunidades originarias por décadas y por una connivencia con poderes financieros que finalmente se imponen sobre verdades y hechos concretos. Esto está plenamente constatado en el histórico informe de la comisión de Verdad y Nuevo Trato. No se están inventando hoy las responsabilidades precedentes.

La tarea de estos meses es destrabar el nudo y producir el diálogo más importante que sí puede arrojar un resultado no abordado antes: con los Pueblos Indígenas se requiere cerrar históricamente el Pacto de Nueva Imperial de 1989 y suscribir a nivel de Estado un nuevo Pacto político, que precisamente podría ser de “Paz y Entendimiento”.

Para el logro de este cometido se requiere que las empresas forestales, mineras y de otro tipo, incumbentes directos en el conflicto, comprendan que la Paz tiene un precio y que el valor de ese precio repercute negativamente si no se resuelve. Ninguna idea de paz social y política en diversos otros procesos de conflicto en nuestro continente se han resuelto sin una comprensión acabada de que la paz no puede servir para unos y no para otros. Y que todo esto implica concesiones necesarias y concordadas.

En Nueva Zelanda y en otros países, con demora, pero con buenos resultados algunas naciones resolvieron aquello con un acuerdo político-financiero con tales entidades. Esto derivó en sentar las bases de un acuerdo de paz y entendimiento con los indígenas. En tanto a nivel de Estado se forjaron leyes de participación e integración con pertinencia cultural y se resolvieron derechos institucionales. Todo esto muchísimo más allá de buenas políticas públicas y sociales.

En cuanto a los plazos, sostengo ante esta comisión que, por la dimensión de sus acuerdos, que deben ser precisos y realistas pero eficaces, no hay mucha necesidad de pretender abordar la problemática indígena en un sentido tan amplio, social, cultural, jurídico, político o territorial. Mucho de esto ya está considerado en las comisiones e informes presidenciales precedentes y corresponde al gobierno aplicar lo que ya se resolvió como camino en los diálogos y comisiones anteriores.

Lo esencial hoy, es que el mundo indígena, las empresas forestales y el gobierno converjan hacia un acuerdo político de Estado y que esto sea subrayado en forma legal e institucional. Por ejemplo, que el Estado asuma el compromiso de comprar tierras en manos de empresas forestales, mineras y otras, con un plazo acordado de varios años. Que esas tierras -tal como se señala en el informe de la comisión de Verdad y Nuevo Trato- sean entregadas a una Corporación de Reparaciones que puede ser instalada en el Ministerio de Bienes nacionales. Esto lo conversamos en la comisión Egaña en el 2008. En paralelo disponer el cierre de las demandas territoriales y acotarlas a las que ya están inscritas y validadas por el consejo nacional de CONADI. Este sería el primer paso para desatar los nudos.

Lo segundo es lograr instalar y desarrollar una institución de política indígena que fue valorada por los presidentes Bachelet, Piñera y Boric como es el del ministerio de los Pueblos Indígenas y el Consejo nacional de los Pueblos como entidad representativa. Y sobre esta idea los presidentes Piñera y Boric señalaron ante el país su voluntad de impulsar su creación y, sin embargo, la idea permanece en una especie de limbo. La paradoja de Chile es que con justicia los medioambientalistas tienen un ministerio. Los deportistas el suyo. Las mujeres conquistaron con mucho esfuerzo su propio ministerio. Los trabajadores del arte y de la cultura cuentan con un ministerio.  Pero cuando se trata de los Pueblos Indígenas, surgen todo tipo de comentarios, dudas e interrogantes. Hemos escuchado a personeros del mundo conservador que, si a los indígenas se les concediese un ministerio, entonces por qué no considerar también a los migrantes de otras naciones -alemanes, ingleses, españoles, etc- que contribuyeron a forjar la nación chilena.  Pero con esos pensamientos -siguiendo las bases de una historiografía de raíz colonial- no se quiere aceptar que la diferencia nuestra con tales migraciones con colonos virtuosos es que ellos fueron allegados a nuestro territorio, en tanto que los Pueblos Indígenas forman parte de nuestro territorio desde antes de la llegada de los conquistadores españoles que se apropiaron durante siglos de los territorios ancestrales. Y los indígenas nunca han perdido sus raíces, sociales, políticas, espirituales y lingüísticas que conforman la base de un pueblo, de una nación, cuestión finalmente reconocida por la corona en su postrimería.  El estado nacional de Chile tiene tan solo 206 años de historia desde su fundación efectiva en febrero de 1818. El Pueblo mapuche tiene una vivencia y un arraigo de más de 5.000 años y todavía se considera que no pueden estar representados adecuadamente en el Estado nacional. Esta paradoja sólo puede explicarse desde una perspectiva de discriminación y racismo.

La tarea de proponer un camino de “paz y entendimiento” entre los principales actores concretos del conflicto no requiere esperar hasta enero del 2025. Por el contrario, el actual gobierno debería contar con ese año para actuar con rapidez en la consecución de los acuerdos de país y de Estado. Por lo mismo, es fundamental que el informe de la comisión de paz y entendimiento sea entregado al presidente, a más tardar, el 5 de octubre del 2024 cuando la ley indígena en Chile cumple 31 años.  Mejor aún, si se puede entregar el 9 de agosto, en el Día internacional de los Pueblos Indígenas. Esto, porque una vez entregado el informe final el presidente debe estudiarlo y priorizar los anuncios de rigor y para eso requiere tiempo.  El presidente Aylwin necesito algunos meses para preparar su propuesta de Ley nacional indígena luego que la CEPI le entregara su informe. La comisión de Verdad y Nuevo Trato entregó al presidente Lagos su trabajo en octubre del 2003. El presidente invirtió cinco meses en su estudio y en diversas conversaciones hasta la ceremonia oficial de entrega oficial al país en abril del 2004.

Si el informe de esta comisión de “paz y entendimiento” se entrega en enero 2025, su estudio requiere varias semanas antes de presentarlo al país y esto ocurriría cerca de junio del 2025, lo que deja tan solo algunos meses antes que concluya el actual gobierno, y las bases de un proyecto de esta dimensión deben quedar instaladas con mucha fortaleza antes del inicio de un nuevo gobierno en marzo del 2026 como resultado de un compromiso político de país y de Estado.

Un ritmo cancino para este proceso se puede volver negativamente sobre sí mismo. Los pueblos indígenas han participado en una gran cantidad de diálogos nacionales a lo largo de todos estos años.  Y en cada diálogo se repiten por lo general las mismas demandas con algunos agregados y los gobiernos toman nota y brindan respuestas semejantes, pero no van al corazón de los problemas. 

En la dirigencia indígena, tal como lo señaló el Cacique Víctor Queipul de Temucuicui en marzo del 2022, no hay rechazo a los diálogos. Y los indígenas seguiremos participando en cuanto encuentro sea necesario para dialogar que sea convocado, tanto por gobernantes de izquierda, socialdemócratas o de derecha. Pero los diálogos tienen una condición central: la restitución de tierras. Esto es muy importante tenerlo en consideración. Todo lo demás es igualmente importante pero lo necesario es otro tema.

El trabajo de la comisión de paz y entendimiento tiene la virtud de contar con una historia de procesos políticos, de diálogos nacionales, documentos de trabajo, informes históricos y muy relevantes, además de sendas investigaciones, libros, investigaciones académicas de gran peso, que constituyen el marco político institucional indispensable para entrar a desenredar el nudo que está en el centro de la conflictiva relación entre Estado y Pueblos Indígenas. El tiempo que tenemos por delante, sin embargo, es muy demasiado breve.

 DOMINGO NAMUNCURA SERRANO
Ex director nacional de CONADI (1997-1998)
Director del Programa de Pueblos Originarios y diálogo nacional Fundación Chile 21
Coordinador de la ex comisión nacional de expertos en Derechos Indígenas (2021-2022)
Trabajador Social
Docente SS-IPST_U. Chile_UCV
Ex Embajador de Chile en Guatemala (2014-2018. Primer mapuche nombrado en este cargo

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